Leyendas

El Cadejo

GUANACASTE NOTICIAS. Don José Ángel García, vivía en un pueblo llamado Sardinal. Trabajaba  en una finca de Don Jacinto, un terrateniente que  decía  tener fincas hasta en las patas.       Una de ellas era la de sardinal.

 

En ella trabajaba don Chango, como le decían cariñosamente. Era una finca ganadera pero se sembraba caña y algo de café, por lo que en la finca había un trapiche para moler la caña y hacer dulce. Decía que se sacaba una tarea por día en época de corta de caña.

 

Comenzando a moler muy de madrugada, se podía terminar a eso de las cinco o seis de la tarde, hora en que se le estaba dando vuelta a los moldes, donde estaban las tapas de dulce de la producción del día y por razones de enfriamiento, el dulce no se podía envolver inmediatamente, estaba suave y caliente,  por eso se dejaba afuera en una tabla hasta el día siguiente.

 

Después de una jornada de todo el día y sin descanso, caía en la cama  como una piedra  sin darse cuenta de lo que ocurría por la noche normalmente.  Sin embargo don Chango  tenía un sueño muy liviano, no se le pasaba nada que él no escuchara. A eso de las once de la noche en adelante, se escuchaba un sonido como quien arrastra un rollo de cadenas, él las escuchaba pero no decía nada por temor a que doña Chinda, su señora, se asustara.

 

Un día, ya cansado  de escuchar y lleno de curiosidad, decidió averiguar qué era. Esa noche los perros ladraban muy asustados y caminaban hacia el trapiche, él pensó que querían robarle el dulce que había sacado el día anterior, abrió la puerta que daba al trapiche llevándose una sorpresa: en el trapiche había un perro blanco  de gran tamaño que enfrentaba a los perros. El se disponía a ir y mientras buscaba la cruceta, se despertó doña Chinda.  Al saber sus intenciones, gritaba como loca y le pedía a Dios que no le pasara nada, mientras encomendaba los perros a San Caralámpio, el patrono de los animales, y se arrodilló a pedirle a don Chango que por favor no fuera.

 

Temía que aquel animal lo matara. Según él no fue, no por miedo sino que preocupaba a Chinda.

 

Al día siguiente en la mañana, fue al trapiche a ver qué había pasado, encontrando en las tapas de dulce unas marcas como de dientes muy grandes que  comenzaban en la parte de arriba hasta abajo, lo que impidió que se   envolviera el dulce pues así no se podía vender.

 

Don Chango, decía no tenerle miedo a nadie ni a nada y decidió resolver el misterio y para ello escondió la cutacha en la troja, largo de la casa, para cuando volviera a sonar se levantaría sin que Chinda se diera cuenta.

 

Desde ese día dormía con un ojo abierto y  la oreja parada, para oír la llegada de aquel animal misterioso, el que no se hizo esperar. A los dos días se apareció. A eso de las dos de la madrugada, escuchó nuevamente el sonido de la cadena y los perros comenzaron a ladrar. Sin pensarlo dos veces se levantó antes que se despertara Chinda.

 

Se puso las botas, una camisa que tenía rota se la puso al revés  por aquello de las brujas, pasó por la troja y se llevó

la cutacha que había escondido días antes.

 

La cutacha estaba curada según su papá, quien se la había regalado años atrás. Él la mantenía afilada como alas de cucaracha, hasta se podía hacer la barba o rajar un pelo en el aire, todo eso por aquello de un pleito y salió rumbo al trapiche.

 

Sentía que iba en el aire, de antemano él sabía a lo que se enfrentaba, ya que le había dejado una muestra días atrás.

 

Se acercó poco a poco para que no lo notara y cuando estaba en el trapiche detrás de un horcón, lo veía a la par de un tarro que usaba para echar caldo. Sacando valor de donde no tenía, pues lo había dejado sin aliento, no sabe si del susto le largó un par de gritos  y se le hizo encima con el fin de meterle unos cinchazos con la cutacha. El animal salió como que se iba a ir, antes de que eso sucediera alzó la cutacha con la mano izquierda pues  era zurdo  no de nacimiento: en un pleito que había tenido con un extraño, él no se dio cuenta que lo tocara pero apareció con los tendones cortados, lo que hizo que los dedos le quedaran tiesos y lo obligó a aprender a trabajar con la mano izquierda. Lo cierto fue que le mandó un filazo calculando partirlo a la mitad, mejor no lo hubiera hecho, se fue transformando y cada vez se hacia mas grande, lo peor es que no lo había tocado siquiera.

 

Pensando que él había venido a matarlo no desistió y le largó el segundo.  Contaba que cada vez que le tiraba un filazo se agrandaba más y la cadena aumentaba su sonido  tanto que era  enloquecedor, pero él seguía haciendo su trabajo y volaba machete revés y derecho, hasta que comenzó a sentir que lo levantaban hacía el cielo y sin pensarlo más dio la vuelta y corrió hacia la casa, sin volver a ver para atrás. Iba tan asustado que no se dio cuenta que había dejado la cutacha botada y trataba de gritarle a su esposa que le abriera la puerta, creyendo que venía detrás. Entró y cerró la puerta y bebió un vaso de agua. Su mujer que estaba durmiendo y se había levantado por los gritos, ni siquiera sabía que su esposo andaba en eso y preguntaba qué sucedía.

 

Al día siguiente fue a buscar la cutacha por donde había pasado, pero no la encontró.

Ese día, un vecino ya mayor llegó a la casa de don Chango  que deseaba desahogarse. Le contó lo sucedido y cabo Chu, el vecino, narró  una historia increíble.

 

El  cadejo, animal que siempre asustaba en ese pueblo, era un muchacho que acostumbraba asustar a la gente y para eso  jalaba un cuero arrastrándolo por la calle, le amarraba unos cabos de cadena para producir sonidos, el cuero era de color blanco, lo que lo hacía más visible.

 

Un día llegó al pueblo un señor al cual le gustaba salir de noche. Cuentan que el muchacho decidió asustarlo y como siempre cogió un cuero, le amarró cadenas y comenzó a arrastrarlo por las calles donde pasaba, al topárselo el señor lo reconoció y se enojó tanto que le echó una maldición.

Como castigo, toda su vida asustaría a la gente arrastrando ese cuero con cadenas y después de muerto continuaría asustando convertido en un perro blanco.

 

Contaba don Chango, que jamás volvió a levantase de noche, aunque escuchaba que se llevaban la casa misma, y la cubierta de la cutacha  que se le perdió la guardó como reliquia para recordar el susto que había pasado y nunca más  retar a nada extraño.

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