Leyendas

La carreta sin bueyes

GUANACASTE NOTICIAS. Don Jacinto vivía en un pueblito llamado Quebrada Grande de Liberia. Él iba para su casa a eso de las ocho de la noche con el diario al hombro y pesaba demasiado, como él decía. Era el diario de la semana  y su familia era una catizumba.

 

Cansado de aquel peso y unos cuantos tragos de chirrite entre pecho y espalda, caminaba por una calle solitaria. La casa más cercana, que era la de don Melchor, la había dejado atrás hacía rato, pues de una casa a otra podía haber hasta horas de distancia, por eso los antepasados decían que su mejor hermano era el amigo más cercano.

 

Al pasar una montaña en el bajo de Quebrada Grande, que llevaba el mismo nombre del caserío donde él vivía, ya muy cansado deseaba mejor sentarse que seguir caminando. ¡De pronto escuchó algo!  Y como dijo él, paró la oreja para saber qué era ese ruido: ¡cuál no fue su  alegría al escuchar una carreta!,  cosa que no le sorprendía, ya que ese era medio de transporte  con que se sacaban las cosechas y un carro no se conocía en esas calles. Contento tiró el saco al suelo y se sentó a esperar.

 

La carreta sonaba a la distancia sin parecer acercarse,  cosa que tampoco le sorprendía, ya que es el medio de transporte más lento que existe. Como no llegaba,  decidió ir a buscarla para ver qué sucedía, si era que se había pegado en algún barrial  como ocurría  con frecuencia con esos  caminos tan malos.   Había veces que  costaba llegar, porque entre pegarse y sacar la carreta  se iba el tiempo.

 

También una bocina que estuviera en buen estado, se podía escuchar a larga distancia,  más  en esos caminos que había tanta piedra  su “cantío era clarito”, decía don Jacinto.

 

Caminó un poco y le pareció escucharla más cerca y como él estaba tan cansado se volvió a sentar, pensando decirle que aunque fuera el saco de víveres  le llevara,  que lo tenía más adelante,  que él se había devuelto un poco para tratar de ayudarle.

 

Al rato comenzó a ver la silueta de la  carreta,  al principio  de la explanada  que no era tan larga.

 

La luna estaba muy clara y el cantío de la bocina era más claro. Don Jacinto, muy alegre se levantó y volvió la vista hacia donde se veía la silueta, quedó sorprendido cuando vió que la carreta venía sola, sin bueyes, y lleno de curiosidad, decidió acercarse más para investigar qué era aquello, cosa que mejor no hubiera hecho.

 

Al acercarse quedó espantado, se le pararon los pelos de punta, según se decía, pues comprobó que la carreta caminaba sola o sea que ninguna yunta de bueyes tiraba de ella.

 

No se sabe si del susto o por casualidad la dejó llegar tan cerca,  casi le pasa adelante. Al comprobar que iba sola sintió que se despegaba del suelo como un cohete y el cuerpo se le erizaba, se le aflojaron las piernas y sudaba tal si hubiera trabajado un día entero, sentía como si estuviera fijo en aquel lugar, sin poder moverse. De pronto reaccionó y echó a correr hacia adonde había dejado el saco de víveres, no le costó mucho llegar. Del susto sentía que la carreta le venía majando los talones.   Cogió el saco

de víveres, se lo echó al hombro y salió cual alma que lleva el diablo.  Trepó cuestas que según él eran difíciles de trepar al paso y menos con un saco de víveres al hombro.

 

Llegó a la casa y tiró el saco en el corredor, comenzó a tocar la puerta como si quisiera echarla abajo. Cuando la señora la abrió,  él pudo solo decir !agua¡, luego de beber un vaso, comenzó a contarle  lo que le había ocurrido.

Josefa, su señora, deseaba que amaneciera para correr donde Jacobo, un anciano que vivía más allá de donde ellos,  a ver si él sabía  qué era aquello que le había pasado a su marido.

 

Al narrarle lo sucedido, él le contó que eso ocurría ahí desde hacía ya muchos años. Un señor que pasaba mucho con bueyes por ese camino, obligó tanto a sus bueyes que los pobres  animales se cansaron y no podían continuar.  Aparte de cansados estaban pegados en un charco.

 

Él señor estaba tan bravo que  hizo un pacto con el diablo para nunca ocupar bueyes y del colerón los había matado, por lo que solo de noche salía con la carreta. Al morir él, la carreta se siguió viendo de cuando en cuando pasar por ese lugar pero sin bueyes. Él le había  echado una maldición  al camino, para que nunca se dejara de ver y escuchar la carreta allí  por las noches, después de su muerte.  Luego de escuchar este relato, se me erizaron los pelos del cuerpo. Don Jacinto  jamás volvió a esperar la noche para volver a su casa, no quería llevarse otro susto igual, ya que no se animaba a arriar una carreta sin bueyes.

 

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