Tradiciones

La Fiesta de la Purísima (Parte 2)

Francisco Mana  y  Gabriel Ureña. Tres grandes fiestas consagra la Iglesia Católica costarricense a la Virgen María, Reina de todo lo creado: el quince de agosto, conmemora su Asunción a los cielos, en cuerpo y alma; el ocho de setiembre su Natividad y el ocho de diciembre la Concepción. También se destina todo el mes de mayo a María. Es cuando la naturaleza se engalana de flores. Pero el ocho de diciembre se efectuaban los cultos más solemnes. Había mayor expansión. No puede ignorarse que diciembre es también mes de villancicos y de pastores. El mes del Nacimiento. Desde que rompen los nortes y llenan el ambiente con sus revuelos y su piar los chucuyos, el costarricense siente rejuvenecer el espíritu y quisiera lanzarse a campo traviesa, sin brújula ni dirección alguna. El campo se le mete a uno cuerpo adentro. El frío mañanero o el tibio de los atardeceres, son como un aliciente. Por algo, al iniciarse diciembre, comienzan las peregrinaciones al campo. ¡Cómo recordamos las alegres temporadas veraniegas!

El quince de agosto, fiesta olorosa a incienso y también a flores, porque las niñas, vestidas de blanco y celeste, iban a presentar sus ofrendas, piadosas, cantando:

Suba, suba la Virgen al cielo…

En las parroquias lejanas era de ver el desfile de gente que venían por los trillos soleados, con el rostro alegre, pensando en elevar sus oraciones fervorosas para alcanzar mayores gracias.

Los campos quedaban desiertos; también los hogares. Pero Dios vela por todos. Su ojo mira de muy alto y sus manos bendicen a porfía.

Quien ama a la Madre,

ama y venera al Padre

y al Hijo y al Espíritu Santo…

Con motivo de la fiesta de la Natividad, —bien lo recordamos— solían organizarse lujosas procesiones, precedidas por niñas y señoritas vestidas de blanco, que cantaban alegres estrofas:

Alabemos a María

Con ferviente corazón.

Ensayemos noche y día

Su admirable Concepción.

Había loas, elogios a la Madre de Dios, la Abogada Nuestra, y del viejo órgano del templo se elevaban solemnes notas acompañadas por voces infantiles. De tanto en tanto se oían los estallidos de las bombas preparadas por el maestro Segundo García. Era fiesta de grandes y de chicos. Fiesta de familia. El recuerdo del nacimiento de la Madre por excelencia. Mas, la fiesta mayor se reservaba para el ocho de diciembre. Es la fiesta de las vírgenes; de las niñas todas. De cuantos rinden pleitesía a la virtud. Fiesta de colores y de misticismos.

Anunciada por el retumbar de bombas y estallidos de cohetes. Desde las vísperas había iluminación en los frentes de las casas; en las ventanas lucían cortinas blancas; se ofrecían cenas en que se brindaba regocijadamente. La mesa se ampliaba para dar espacio a toda la familia, aumentada con los parientes llegados de lejos. Era la fiesta de la familia.

El propio día ocho: procesión, cánticos y loas. Nos parece que las loas son reminiscencia de la tradición de los autos sacramentales, que comenzaban el día de Corpus y seguían toda la octava, según lo describe, con mano maestra, Mesonero Romanos. Fueron las fiestas de la Concepción la ocasión para que se distinguieran los rostros más bellos y las voces mejor moduladas:

Gloria a ti, Virgen María,

Por ti triunfé del infierno;

Por ti, hijo soy del Eterno;

Gloria, gloria, ¡oh Madre mía!

Y avanzaba el desfile y más allá, se improvisaba otro altar; subía otra niña, coronada de rosas la cabeza, toda trajeada de blanco y celeste, luciendo la belleza de su rostro y desgranaba su canto:

Tu concepción triunfante,

Doncella venturosa.          ,

Tu concepción hermosa,

Mi voz ensalzará.

Nuevamente cargaban sobre los hombros las andas, sobre la cual se balanceaba la bella imagen y se recorría otro trecho, para volver a detenerse y oír otra loa:

Dulcísima Virgen

Del cielo delicia,

La flor que te ofrezco

Recibe propicia.

Y sobre la Virgen caían, como lluvia de mayo, los pétalos de rosa.

Algún vecino de rango, contrataba a los mejores cantantes; hacía llegar buena pólvora.

En la esquina de su casa se detenía la procesión. El armónium portátil acompañaba a las

voces, y luego subía a la tribuna improvisada, la bella niña que decía:

Corramos fervorosas,

Con flores a porfía;

Con flores a María,

¡Que moaré nuestra es.’

Y lanzaba flores al aire en forma de saludo y devoción.

Los imagineros, artistas consumados o principiantes, han ensayado a reproducir las imágenes de la Virgen con las concepciones más atrevidas. Pero todos han sido movidos por la piedad. Poetas, escultores, doctores de la Iglesia, todos han querido dejar constancia de su devoción a María. Unos cantan su dolor de madre; otros su triunfo de Reina de los Cielos y la Tierra. Todos admiran su poder, su grandeza espiritual, su belleza corpórea que rivaliza con la dulzura de su alma. Digna como mujer e .incomparable como madre. Sublime como abogada.

El Salvador de los hombres —dice Donoso Cortés, en su exaltación a María Santísima, como el tipo perfecto de la mujer—, puso a Magdalena debajo de su amparo y cuando hubo llegado el día tremendo en que se anubló el sol y se estremecieron y dislocaron dolorosamente los huesos de la tierra, al pie de la cruz estaban juntas su inocentísima madre y la arrepentida, pecadora, para damos así a entender que sus amorosos brazos están abiertos igualmente a la inocencia y al arrepentimiento… (tomado En: Dos Cercas. Editorial ADECAS. 1971. Desamparados, C.R.; pp. 44-47.

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