Leyendas

Los Duendes

GUANACASTE NOTICIAS. La Vieja era un pueblo donde vivía una familia  de apellidos Carmona,  de esas que por vivir tan retirada de la ciudad y de centros de enseñanza, ninguno sabía leer.

 

Don Chevo, el señor de la casa, medio sabía leer pero lo hacía a socollones y solo lo necesario; el esfuerzo que hacía era demasiado, le costaba conocer y pronunciar las letras y al juntarlas en una palabra no parecía sonar igual, las decía tan separadas que no se sabía lo que estaba diciendo.

 

Don Chevo nunca mandó a la escuela a ninguno de sus hijos mayores que eran ocho, alegando que era muy largo y peligroso y para volar machete no se necesitaba saber leer.

 

Cada vez que alguien escribía  una carta a la familia, para él era  toda una tragedia, era malo para leer y encima ya casi no veía las letras por aquello de la edad  y no tenía cómo comprar unos anteojos que como decía él eran muy caros y hasta le parecían feos y estorbosos,  ni qué decir contestar la  dichosa carta.

 

Era toda una odisea de la que no se salvaba, pues era el medio de comunicación con la familia de lejos en ese tiempo, como no veía sus garabatos, no se entendían.

 

En vista de eso, decidió mandar aún con gran sacrificio, a los hijos menores a la escuela, ya que eran los que tenían mejor edad para estudiar y además eran los que menos trabajo aportaban en  la finca.

 

Por fin llegó el curso lectivo y los muchachos que eran de corta edad, comenzaron muy contentos a ir a clases.    Don Chevo pensaba mucho en ellos  por la distancia que tenían que recorrer y lo montañoso del terreno, además tenían que pasar una quebrada llamada Quebrada Grande, por su tamaño, casi se podía decir era un río y muy caudaloso.  Él temía que un día lloviera demasiado, se llenara y los niños  no pudieran pasar y se los llevara. Siempre que veía  que iba a llover se iba a esperarlos a la orilla de la quebrada.

 

Un día  el cielo estaba clarito, él pensó no ir a toparlos, así acostumbraba hacerlo. Ese día se quedó sacando un trabajo que tenía atrasado y llegó un poco tarde, como a eso de las cinco.  Cuál fue su sorpresa al llegar, su señora Clementina, caminaba de un lado a otro encomendándose a Dios y haciendo toda clase de promesas, tanto que prometía hasta lo que no tenía, cosa que preocupó mucho a Don Chevo,  no que fuera agarrado sino decía: hay que ser precavido para ofrecer. Al preguntar qué había pasado, ella con un hablar entrecortado del susto y el llanto, le contó que sus hijos no habían llegado.

 

El sintió como que el mundo se le había venido encima. Recapacitando para no preocupar más a Tina,  como le llamaba cariñosamente, pensó que podía que los dejaran arrestados por un mal comportamiento, aunque a él no le sonaba esa posibilidad,  era demasiado tarde y ya debían haber llegado aun en ese caso.

 

De inmediato se amarro, el coto a la cintura y se fue en busca de ellos.  Al rato de caminar, llegando a la Quebrada se encontró el bulto de los niños: una especie de bolso hecho de saco de manta con una tira para guindarlo al hombro. Tenía todos sus cuadernos y sus lápices pero de los niños nada se sabía. Poco después apareció doña Tina, que se había quedado atrás pues don Chevo, la había dejado botada, ella al ver aquello no sabía ni qué pensar y no acató más que clamar a Dios.

 

En eso llegó Güicho, el hijo mayor de la pareja, y recordando la historia de los duendes, contó cómo se le habían robado el hijo a don Beto, años atrás y nunca aparecieron, ya que se tardaron mucho en buscarlos.

Sin perder más tiempo para no darle oportunidad a los duendes, se hicieron a la caza.

 

Sabiendo que los duendes no caminan por rutas ni áreas descubiertas para no ser vistos por nadie, comenzaron a trepar peñas y montañas gritando a todo pescuezo. Doña  Tina no se despegaba tal vez porque ya caía la noche y tenía miedo de quedarse perdida e iba bajando todos los santos del cielo, no quedaba a cuál no se los encomendara,  caso que talvez les valió de mucho, según don Chevo.

 

Llegaron a un descubierto de terreno, por una voltea que había hecho Juanico, un peón que trabajaba con  don Beto,  que era el dueño de la finca donde andaban buscando.

 

Ese terreno lo sembraron de arroz y para guardar la cosecha,  hizo una troja o rancho de paja, mientras podía llevarlo para la casa.

 

Al llegar a la troja encontraron a Chepito, acostado en un poco de paja de arroz tirada en el suelo, mientras Moncho, que era menor, estaba en el tabanco, una especie de cama que hicieron en el techo para dormir cuando cuidaban el arroz.

 

Los despertaron y se fueron antes que se hiciera más noche o aparecieran de nuevo los duendes. Al llegar a la casa, comenzaron las interrogaciones, habiendo olvidado el susto y la incertidumbre que vivieron. Fue Chepito, por ser el mayor, que comenzó el relato de lo ocurrido.

 

Decía que al llegar al río, unos niños pequeños y morenitos vestidos de azul les dieron dulces, les prestaron juguetes muy bonitos  para que jugaran  y les prometieron llevarlos donde tenían muchos de esos juguetes y ellos podían traer los que desearan. Al llegar al rancho, los dejaron durmiendo mientras ellos regresaban con los juguetes.

 

Don Chevo y doña Tina, no se cansaban de darle las gracias a Dios y repetían: mejor vivos y sin estudios, que supieran leer en grandes peligros. Ah y decía don Chevo, que mejor él como pudiera contestaba las cartas.

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